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Notícias de Futebol

A veces nos sentimos libres. Pensamos que somos nosotros quienes decidimos hacia dónde van nuestras vidas. Estamos convencidos de que de nuestras acciones depende qué rumbo tomarán los acontecimientos futuros. Aún siendo una sensación vaga, endeble, el creer que somos nosotros los que nos manejamos hace que nuestra vida parezca, efectivamente, nuestra. Sin embargo, hay ocasiones en las que todo parece previamente escrito. Hay hechos que encajan tan perfectamente con lo que les precede, que parece que responden a un orden dado, a un todo ordenado en el que nosotros poco podemos decir. Nuestras acciones, entonces, sólo se antojan los pasos necesarios para llegar a donde ya está establecido que llegaremos. Quizá, como escribió Gustav Meyrink, en “El Golem”, sólo seamos trozos de papel arrastrados “por un viento incomprensible e invisible que nos lleva de un lado a otro, y determina nuestras acciones, mientras que nosotros, en nuestra simpleza, creemos vivir bajo nuestra propia y libre voluntad”. No sé. Todo es posible, y nadie cerrará nunca el debate sobre si es nuestra voluntad la que nos conduce, o si todo está escrito ya en un gran libro, el del destino. El caso es que sólo han pasado unos minutos del final del partido Brasil-Francia, y unas horas desde el Inglaterra-Portugal, y yo no puedo pensar en otra cosa. Y, a cada momento, me convenzo más de que lo que hoy ha sucedido estaba ya escrito. ¿Acaso no compartís conmigo, tras la expulsión de Rooney, la sensación de que esto tenía que suceder? ¿No hemos visto hoy cómo toda la vida de Zidane, toda su carrrera, todos sus goles anteriores, todas las asistencias de su vida, llevaban única y exclusivamente al partido de esta noche? Hoy el destino ha mostrado sus dos caras. Por la tarde ha sido cruel. Nada podía hacer Rooney (mejor dicho nada podía no-hacer) por evitar lo que le ha sucedido. Por más que se hubiera empeñado en luchar, su sino estaba escrito. El día que más le necesitaba su selección, el día que, lesionado Owen, todo el ataque de Inglaterra dependía de él, ese día iba a fallar. Todo se escribió, sin duda, la tarde en que en los encharcados campos del Liverpool de su infancia dio su primera patada a otro niño y se fue a casa con la media sonrisa rastrera del que ha dado y no ha recibido. Después, en todos estos años, en los que ha tenido tiempo, sanciones y tristezas de sobra para aprender lo que ya tenía que saber, después, decía, ya nada ha podido hacer. Y así ha sido, por más que ha intentado contenerse, por más que se haya efectivamente contenido hasta ahora, su destino estaba escrito. En el otro lado, en el de aquellos para los cuales existen los laureles, está Zidane. Pero en su caso, aún en maravillosa prosa, también estaba todo escrito. Algunos (los nuestros) quisieron que este partido nunca hubiera existido, es cierto, pero nada pudieron hacer para evitarlo. Alguien, mucho antes de que nada hubiera pasado, ya había decido que el día en el que más estrellas tuviera delante, la de Zidane brillara más que nunca, cegando incluso al sol. Todos los sufrimientos del niño marsellés, así como todas sus anteriores victorias, hoy son sólo el prólogo de una gran historia de la que quien sabe si hoy hemos leído el último párrafo. Si, es así, ha sido magnífico.